Los límites del mercado: la actividad económica debe tener una dimensión ética

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Los límites del mercado obedecen a que se trata de una actividad que no puede ser considera neutra que se maneja por sí mismo. La teoría del derrame no alcanza para responder a todas las necesidades.

Al observar la realidad de la inequidad y de la mala distribución de los recursos que están destinados a todos, la enseñanza del Papa Francisco deja claro que el mercado, a pesar de las ventajas que ofrece, no es capaz por sí solo de generar bienes que no pueden ser transados en este y que deben ser celosamente cuidados.

Por ejemplo, el derecho a que se respete la vida, el derecho a profesar la fe libremente, el derecho a formar una familia y educar a los hijos. Estos bienes y valores fundamentales de orden prepolíticos y preéticos deben estar presentes en la raíz de una sociedad que aspire a la justicia.

Pero, además, el mercado por sí solo no es capaz de hacerse cargo de situaciones complejas de la vida de muchas personas y que exigen por justicia una respuesta. El mercado opera para quienes tienen capacidad adquisitiva o medios para procurárselos. Pero hay muchas personas no tienen acceso a aquello.

Los límites del mercado y la exclusión social

Observando la realidad de estas personas, es que Francisco levanta la voz en contra de un sistema que no ha sido capaz de lograr justicia, sino que más bien va dejando, usando sus palabras, “descartados” y una creciente exclusión social.

A la luz de las crisis económicas y financieras de los últimos años y el impacto que ha tenido en las personas, Francisco plantea que “una vez más, conviene evitar una concepción mágica del mercado, que tiende a pensar que los problemas se resuelven solo con crecimiento de los beneficios de las empresas o de los individuos”.

El mercado y la teoría del derrame

El Papa plantea que las teorías del “derrame”, “que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad del mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo, jamás ha sido confirmada por los hechos”.

En una entrevista en el diario La Stampa, a propósito de una crítica que se le hizo a su exhortación apostólica Evangelii Gaudium dijo a raíz del “derrame”: “Se prometía que, cuando el vaso hubiera estado lleno, se habría desbordado y los pobres se habrían beneficiado. En cambio, sucede que, cuando está lleno, el vaso, por arte de magia, crece y así nunca sale nada para los pobres”.

Las virtudes del mercado y del empresariado

Lo que plantea la Iglesia Católica es que la actividad económica, en cuanto actividad humana debe tener una dimensión ética. No puede considerarse una actividad neutra que se maneja por sí misma.

Ello no se contradice con el valor que la Iglesia le atribuye al libre mercado, sino que, por el contrario, la cualifica en cuanto a que su fin último es el bien del ser humano.

El Papa reconoce virtudes típicas en el empresariado: “la creatividad, el amor por la propia empresa, la pasión y el orgullo por la obra de sus manos, de su inteligencia y de los trabajadores: no hay una buena economía sin un buen empresario, sin su capacidad de crear, crear trabajos, crear productos”.

Hay claridad en Francisco de que la empresa, y los empresarios que las crean, es una instancia preciosa para generar riqueza. Y, por cierto, trabajo, que se constituye en la base de la posibilidad de formar una familia. Sin duda que empresas sólidas que generan estabilidad en quienes allí trabajan, fortalecen la democracia y hacen disminuir la tentación a la violencia.

La empresa es, sin duda, una fuente de bienestar y de paz. La empresa no está fuera de la pregunta ética respecto de sus relaciones con la comunidad y el medio ambiente. Francisco nos invita a pensar un sistema económico que genere justicia social.

De empresarios a especuladores

Pero no cualquier forma de hacer empresa es buena. El Papa ve como una enfermedad la “progresiva transformación de los empresarios en especuladores” y aboga, en cambio, por “promover la economía de la honradez. Una verdadera economía promovida por personas que tienen en el corazón y en la mente solo el bien común”.

Es un profundo llamado de atención para aquellos que desvirtúan el carácter originario que posee la labor empresarial que está estrechamente vinculada al mandamiento de cuidar la tierra, hacerla próspera y al servicio de la sociedad.

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